miércoles, 25 de febrero de 2009

Teclados

Miro el teclado del ordenador como si fuera el de un piano, y trato de encontrar la combinación de telcas negras y blancas que conformen la melodía que resuena en mi cabeza. Cierro los ojos, esperando que las palabras fluyan, que me transporten al universo paralelo en el que me siento segura y a salvo de todo lo extraño y amenazador. Porque parece que a veces la vista no es más que un obstáculo, una valla que el pensamiento tiene que saltar antes de llegar a su destino. O tal vez no sea el pensamiento lo que está atrapado, sino las emociones... y claro, no hay mejor manera de sentir que con los ojos cerrados, dejando que que la emoción campe a sus anchas, y nos impregne.
Ya no miro el teclado, sólo siento cómo presiono una tecla tras otra, sin conciencia real de lo que sale de mis dedos, redundante, absurdo, ilógico o inconexo, o todas las cosas a un tiempo. Ahora miro mi interior, y me doy cuenta de que nunca he sabido hacer otra cosa más que escribir para mí misma, pero no sé si echo de menos que pueda entenderme alguien fuera de mí, o si casi o prefiero, porque me permite ser absolutamente libre, y es una preciosa sensación. Poder ser sincera y honesta porque es conmigo, y permitirme discursos vagos o torpes que nadie juzgará.
Abro los ojos como platos, porque he tenido una revelación, un insight. Se trataba de cerrar los ojos...

viernes, 13 de febrero de 2009

Escribir

Poca gente conozco para quien su pasión sea al mismo tiempo su principal causa de frustración. Yo quisiera escribir, pero me resulta cada vez más evidente que no estoy dotada para ello. No quiero decir que no conozca las palabras, o la forma de unirlas, porque ese punto soy capaz de admitirlo. Lo que no sé es qué decir. Llevo media vida escribiendo sobre mi incapacidad para hacerlo. Siento que he de tomar una decisión, y pronto.
¿Sería capaz de resignarme a escribir únicamente cuando tengo que hacerlo? Probablemente, pero ¿sería feliz haciéndolo? Lo dudo mucho. La decisión parecería clara si no fuera igualmente infeliz escribiendo. Es como una condena a cadena perpetua firmada por propia voluntad. ¿Puede haber algo más absurdo?
Yo sigo buscando ideas, pero me parece que no me llegan, o que yo no llego a ellas. No sé si se me escapan de entre las yemas de los dedos, o si en realidad estoy a años luz de ellas, y no sé si es eso lo más frustrante, porque si tuviera al menos una idea aproximada de por donde andan, podría hacerme una idea más realista de si puedo alcanzarlas… Sin embargo, ahora voy a ciegas.
Así voy, tanteando a mi alrededor, sin parar de escribir, no vaya a ser que en algún momento –y por pura casualidad, o causalidad- me tope con lo que espero, con aquello que me ponga en marcha.
Pero no aguanto más este desasosiego continuo, esta frustración, la impotencia de sentir que no valgo para lo que creí haber nacido. Es un proyecto vital truncado, y no sé cómo enfrentarme a él.